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lunes, 20 de marzo de 2017

EL ROMPECABEZAS DEL ZEBRO (III): LAS FUENTES CLÁSICAS.




A la Antigua Grecia debemos buena parte de los primeros conocimientos más o menos científicos, al menos aquellos que nos llegaron posteriormente a través de la tradición grecolatina.
Con respecto a la fauna, autores como Heródoto o Aristóteles se cuentan entre los más destacados, pero, aunque muy meritorios para su época, veíamos en el capítulo anterior que tratar de extrapolar aquellos trabajos a lo que hoy entendemos como clasificación zoológica por especies, conlleva un alto riesgo de equívoco, de forma que tan sólo pueden servir en parte como guía, y siempre sometida a análisis crítico.
Veamos hoy qué hilo de continuidad podemos encontrar en las fuentes escritas de la Edad Antigua, y en relación con la Península Ibérica, con respecto al équido salvaje que durante la Edad Media fue conocido como “zebro”.


Heródoto, en su Istoriai (Historiae o Los Nueve Libros de Historia), del S.V a.C., dejó escrito que había “hippos agrios leukoi” (caballos salvajes blancos) donde nacía el río Hypanis (Ucrania) (13).

Aristóteles (S.IV a.C.), menciona especies que no eran propias del ámbito griego, y que sin embargo, de una u otra forma, eran ya conocidas en la época debido a los contactos culturales con el resto de Europa, África y Asia.
Para el tema que nos interesa, sabemos que hablaba de “hippos agrios” (caballos salvajes o agrestes), “onos agrios” (asnos salvajes o agrestes), “hemi onos” (medio asnos), destacando en su nomenclatura sus principales cualidades, el ser salvajes o quedar a mitad camino, en estos casos.
También los había descritos o conocidos por el lugar que habitaban, como el caso del “hippo potamos” (caballo de río), o el “onos indikos monocheros” (asno unicornio de la India =rinoceronte).
Otros eran definidos a partir de la suma dos especies más conocidas,  a través de nomenclatura compuesta, por ejemplo los “hippos tigroides” (cebras africanas=caballo+tigre), los “hippelaphos” (nilgai=caballo+ciervo)…(13 y 15)

En época más tardía, los autores clásicos grecolatinos tomarían como referencia todos esos conocimientos para sus trabajos.

Mosaico romano del equus fluviatilis o hippo potamos del Nilo.


Siguiendo la tradición aristotélica de suponer que todos los animales domésticos procedían de sus equivalentes salvajes, Marco Terencio Varrón (finales del S.II y principios del S.I a.C.), en su obra De re rustica (“De las cosas del Campo”), deja uno de los pocos apuntes sobre équidos salvajes en la Península Ibérica, cuando nos cuenta lo siguiente (16):

“…a esta vida siguió, en segundo grado, la vida pastoril, en la cual los hombres (…) eligieron entre los animales (…) y los aprisionaron y domesticaron”.
“Así, todavía existen animales en estado salvaje en muchas partes (…), asnos salvajes (asini feri) los hay en Frigia y Licaonia. Hay caballos salvajes (Equi feri) en algunas regiones de la Hispania Citerior”.

Éste es un matiz que debemos tener muy en cuenta, ya que habla de asnos salvajes en Frigia y Licaonia (Península de Anatolia), entendiéndolos como ancestros salvajes de los domésticos (Equus africanus asinus), cuando en realidad no era así, puesto que allí los asnos salvajes asiáticos eran otra especie, los hemiones (Equus hemionus anatoliensis).
Tenemos aquí una primera “trampa” en la que no debemos caer sin más, el pretender establecer de inmediato, y sin poner en cuestión, el que aquellos “caballos salvajes” de Hispania tuvieran que ser necesariamente verdaderos caballos, y ancestros de los domésticos, como en tantos y tantos trabajos de investigación se ha dado por supuesto.
Si las cebras africanas fueron tenidas por caballos-tigroides, los hipopótamos como caballos de río, alguna especie de gran antílope asiático como el nilgai, entendido como caballo-ciervo, imaginemos cuánto más, un équido mucho más parecido a un caballo no sería de inmediato concebido como equus ferus, sin mayor distinción, al igual que los hemiones de Anatolia fueron considerados erróneamente por el mismo autor como asinus ferus, ancestros salvajes del asno doméstico…

Aristóteles, padre fundador de la Lógica y la Biología. S.IV a.C.

Estrabón (S.I a.C.-S.I d.C.), de quien se piensa que nunca viajó a Hispania, se basó en autores anteriores, como Posidonio (S.II-I a.C.), y en su Geografía, en el libro III dedicado a Iberia, deja otro apunte sobre la existencia de “hippos agrios”:

“Produce la Iberia muchos corzos y caballos salvajes”.

Plinio (S. I d.C.), escribió que en el norte de Europa existían manadas de caballos salvajes (“equorum greges ferorum”), al igual que en África y Asia las había de asnos salvajes (“sicut asinorum Asia et Africa”) (13), dejando claro una vez más, bajo mi punto de vista, que la concepción del término especie en la Antigüedad, deja muchísimo que desear, siendo totalmente inválida para intentar esclarecer con certeza nada al respecto, ya que si para los clásicos, África y Asia tenían asnos silvestres, entendidos ambos como la misma especie y ancestros de los domésticos, el  mismo error podía estar cometiéndose con todos los supuestos caballos salvajes de Europa…

La tercera mención a équidos salvajes en Hispania hace referencia a la “especie de caballos que habitan los bosques”, y proviene de un altar votivo en las murallas de la actual ciudad española de León. La pieza es consagrada, en su cara frontal a Diana, diosa de la caza, por parte de Quinto Tulio Máximo, gobernador militar de la legión VII Gémina Félix, el León romano, el año 165 d.C. Sus restantes tres caras se llenan de una serie de versos que describen las jornadas cinegéticas de Quinto Tulio por los páramos leoneses y la devoción a la diosa virginal a quien consagró un lugar de culto, dedicándola también algunos de sus trofeos.
En ellas podemos leer lo siguiente:

“Aequora conclusit campi divisque dicavit, et templum statuit tibi, Delia virgo triformis, Tullius, e Lybia, rector Legionis Hiberae, ut quiret volucris capreas, ut figuere cervos, saetigeros ut apros, ut equorum silvicolentum progeniem, ut cursu certari, ut disice ferri, et pedes arma gerens et equo iaculator Hibero”.

“Cercó los llanos del campo y los dedicó a los dioses, y levantó un templo para ti, virgen triforme de Delos, Tulio, de África, de la Legión Ibera legado, para que pudiera atravesar los corzos veloces, los ciervos, los hirsutos jabalíes, la progenie (estirpe-especie) de caballos que habitan los bosques, competir a la carrera o con el machete de hierro, sea llevando las armas a pie o desde un caballo íbero lanzado”.


Una muestra más de la cautela que debemos tener al establecer correlaciones específicas la observamos en la obra Cynegetika de Oppiano de Apamea (S.III d.C.), que al hablar de caballos salvajes nos cuenta que son llamados en latín “equiferi” y en griego “hippagroi”, y dice que estos “hippagroi” abundan en Hispania, y en los Alpes, y que hay muchos de ellos en los desiertos de Aethyopia, y que estos últimos tienen dos largos colmillos venenosos, y pies hendidos, así como melena a lo largo de la espalda, y que cuando son capturados por los nativos, no soportan la esclavitud…(17 y 18)

El hoy conocido como Hippotrago o antílope ruano, posible Hippagros, "caballo salvaje de Aethyopia" según Oppiano.

Para qué comentar nada al respecto…Como vemos, el término hippagroi o equiferi, no sólo podía designar équidos similares, aunque fueran especies distintas, sino animales que ni siquiera pertenecerían al mismo género.

Expone algún autor actual que el Corpus Hippiatricorum Graecorum, compilación bizantina de los siglos IX y X d.C., basada en textos griegos de los siglos IV y V d.C., describe a los caballos ibéricos como pequeños y procedentes de caballos salvajes. (19)
Sin embargo, y a mi juicio, es algo que en sí mismo no resulta concluyente, puesto que hemos visto que es creencia generalizada desde época aristotélica, siguiendo la escuela al respecto de entender que todo animal doméstico debe proceder de un equivalente salvaje. Tampoco precisa, por otro lado,  procedencia ni época de domesticación para una ganadería caballar ibérica que, por supuesto, se remontaba muchísimo más atrás en el tiempo que los siglos IV y V d.C.

Recordemos al respecto, una vez más, lo que nos dejó escrito Lucio Marineo Sículo a finales del S.XV y principios del XVI, cuando todavía existía el zebro en España; que Varrón contaba que algunas yeguas en Hispania concebían del viento Zéphiro, y por eso, Lucio Marineo, aseguraba que eran denominadas Zebras (por la síncope Zéfiras) en su época por los españoles, y que éstas eran ciertamente silvestres, campestres e indomables (14).
Es decir, que los caballos domésticos ibéricos, en cualquier caso, no debían proceder de este tipo de équido salvaje conocido como zebro, ya que se recalca que era indomable.

Moneda sedetana que representa a un jinete íbero. SII-I a.C.


Posiblemente en este mismo sentido, Isidoro de Sevilla (siglos VI-VII d.C.), hijo de familia hispanorromana, en uno de sus múltiples trabajos, se basó en los autores de la Antigüedad para redactar los colores de los caballos, y en estas adaptaciones de los clásicos podemos leer acerca de los de color gris o ceniciento que:

“Dosina autem dictus, quod sit color eius de asino, idem et cinereus. Sunt autem hii de agresti genere orti, quos equiferos dicimus, et proinde ad urbanam dignitatem transire non possunt”. (20)

“Y se dice dósina porque tenga color de asno; y el mismo, ceniciento. Y son estos nacidos de una especie salvaje, que decimos equiferos, y por tanto no pueden pasar a la categoría doméstica”.

Parecería que Isidoro de Sevilla estaba ya aquí refiriéndose al zebro ibérico, recalcando el color gris, del asno, y matizando claramente que se trata de una especie salvaje que no se puede domesticar.
Algún autor actual puntualiza que Isidoro cambió el clásico “murinus” (ratón), que era el propio del asno según los clásicos, y se usaba para referirse al color gris, por el de “cinereus”, y lo equiparó al neologismo “dósina”, proveniente de “dosinus”, al que convirtió en falsa etimología, pretendiendo derivarlo de “de asinus” (de asno), pero que éste, más bien describía un pelaje oscuro, de color pardo, y sustantivado, designaba para los antiguos el tipo de caballo salvaje propio del centro y este de Europa, cualquiera que fuera su color. (20)

Isidoro de Sevilla. 556-636 d.C.

Alberto Magno, obispo alemán de los siglos XII y XIII, se basó seguramente en los escritos de Isidoro, con posterioridad, para describir a los caballos salvajes que habitaron en Los Alpes como cinéreos, del color del asno, y con una raya sobre el lomo, estableciendo directamente la correspondencia “dósina”-“dosinus”, y su concepción, con la de “caballo salvaje”.(17 y 20)


Evidentemente, cualquier intento de asegurar de forma tajante una correlación entre Equus ferus / Hippo agrios, y caballos salvajes, en las fuentes clásicas, como misma especie en distintos lugares, y entendida como el ancestro de los caballos domésticos, que hoy denominaríamos “tarpán”, se antoja como algo más que aventurado, derrumbándose en estas pocas líneas vistas hasta ahora.

Sin embargo, sí que hay algo que no podemos pasar por alto de ninguna forma. En la Península Ibérica existió durante la Edad Antigua un équido salvaje, que con toda probabilidad, era el mismo zebro salvaje medieval.
Los romanos lo concibieron como un caballo, o al menos, como un tipo, estirpe o especie de caballo, salvaje, que era pieza de caza, y que vivía en los bosques, y de nuevo, ya en tiempos de Isidoro, en la Antigüedad Tardía o principios de la Alta Edad Media, veremos que empieza a quedar relacionado con el asno al menos en cuanto a su color cinéreo o ceniciento, al igual que el zebro medieval.
Conociendo como conocieron los romanos al onager o asno salvaje/montés norteafricano, y a los asnos salvajes asiáticos (onagros-hemiones), en ningún caso mencionaron nada relativo a éstos como presentes en Hispania.
Podemos descartar así cualquier evento de introducción en tiempos anteriores, por parte de fenicios, que pudiera haber derivado en poblaciones ferales o asilvestradas de asnos salvajes africanos o asiáticos.

Equus africanus y Equus hemionus, ambos denominados por los clásicos sin distinción como asinus ferus o asnos salvajes.

Lo que quiera que fuera el zebro, caía sin ninguna duda más cerca de los caballos que de los asnos, taxonómicamnte hablando, desde el momento en que conocemos que relinchaban, y desde la evidencia de que, al contrario de lo que sucede con la inmensa mayoría de especies presentes en la Prehistoria, no existe ninguna pintura en el Arte Rupestre Ibérico que muestre con claridad nada que pueda considerarse asno u onagro.

Por otro lado, ya hemos visto cuál es la vara de medir o de entender lo que era “un tipo de caballo” para los clásicos; la cebra africana, sin ir más lejos, concebida durante la Edad Media y la Edad Moderna como asna buiada, burro do mato, o mula fecunda, era para griegos y romanos un caballo atigrado…
Asnos salvajes africanos y hemiones asiáticos, eran para todos simples asnos agrestes o salvajes, ancestros de los asnos actuales.
¿Debemos caer de inmediato, sin mayor profundidad de análisis, en la conclusión de que el zebro ibérico fue el tarpán, ancestro del caballo doméstico, el Equus ferus que hoy en día hemos "diseñado" bajo ese nombre científico?...

En mi opinión no debemos claudicar tan rápidamente en lo que parecería tan fácil o de cajón. Ciertamente hay posibilidades, pero estamos todavía lejos de poder asegurarlo, puesto que existen muchos argumentos que no apuntan hacia esa probabilidad. Ya hemos visto bastantes, y todavía veremos más.

En todo ello seguiremos profundizando durante las siguientes entradas de esta serie.










Crédito de imágenes:

Fotos 1, 2, 3, 5 y 6: Imágenes libres de derechos de Wikimedia Commons.
Fotos 4 y 7: Imágenes libres de derechos de Pixabay.

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