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sábado, 18 de marzo de 2017

EL ROMPECABEZAS DEL ZEBRO (II): ASPECTO Y HÁBITAT.




En este capítulo vamos a profundizar sobre cuál pudo ser, y por qué, el aspecto más aproximado del zebro, partiendo desde lo que conocemos por lo que nos dejaron escrito y añadiendo argumentos para lo que nos es desconocido. También analizaremos qué se nos dijo acerca del hábitat en donde se le encontraba.

Como resumen de lo visto en la documentación del capítulo anterior, podríamos hacernos ya una primera idea de que el zebro, conocido bajo diversos nombres, fue una especie de équido salvaje ibérico, en algún momento abundante, que fue cazado por su carne, su piel, y para ser usado en medicina en  España y Portugal al menos desde finales de la Alta Edad Media hasta inicios de la Edad Moderna.
Era el zebro arisco y muy veloz, de orejas largas, color cenizoso o del pelo de las ratas, con una banda o línea negra sobre el lomo (conocida como túrdiga), y cuyo aspecto quedaba a mitad camino entre asnos y caballos, encontrando su nexo o punto en común en una especie de mulo salvaje, aunque fue considerado por algunos como asno montés y por otros “a la manera de yegua”. 
Équido que, aunque relinchaba como la yegua, en la mayoría de ocasiones fue traducido en el ámbito más culto por “Onager”, Onagro, término grecolatino procedente del griego ónos (asno) y ágrios (slivestre, campestre), para designar al asno salvaje o silvestre, en primera instancia referido a los asnos salvajes norteafricanos y que después pasó también a los asiáticos o “hemiones” (Hemi-On / Medio Asno).
Del asno salvaje africano (Equus africanus) descienden hoy todos los burros domésticos. Se cree que el asno salvaje presentó hasta tiempos recientes tres subespecies, el asno nubio (E. africanus africanus), el asno somalí (E. africanus somalicus) y el asno del atlas (E.africanus atlanticus).

Asno nubio y asno somalí.
Del asno del atlas desconocemos exactamente su aspecto, puesto que se extinguió en libertad probablemente debido al exceso de caza en tiempos romanos.
Por lo representado en los mosaicos, presentaba un aspecto muy similar a sus parientes, quizás con doble Cruz de San Andrés, si nos guiamos por varias representaciones encontradas en distintos mosaicos romanos.

Equus africanus atlanticus en mosaico romano en Túnez.
Sin embargo, hoy conocemos por onagros (Equus hemionus) a unos équidos a los que el nombre les llegó de forma colateral, los hemiones; hemi (semi o medio) on (asno), pero griegos y romanos llamaron onager al asno salvaje del Norte de África (Equus africanus), que no era el onagro o hemión de hoy en día, tal y como queda reflejado en algunas fuentes, así como en los mismos mosaicos romanos, donde las fieras atacan a “onager” que en la mayoría de casos no son otra cosa que lo que el mismo grecolatino término indica on ager, “asnos silvestres o salvajes”, el ancestro del asno doméstico, como bien podemos apreciar en muchos de los équidos representados. (1) y (13).
Una constante en los clásicos, es que en multitud de ocasiones no ofrecen fiabilidad al respecto de una definición clara específica, cayendo en toda suerte de quimeras, o en designaciones que llevan hoy a equívocos. Por ejemplo, y sin ir más lejos, además de referirse a los asnos salvajes norteafricanos como "onagros", los textos latinos hablan de la existencia de asinus ferus (asnos salvajes) en Phrygia y Lycaonia (Anatolia), y los entienden como ancestros de los asinus domésticos, cuando en realidad en Anatolia no existía el Equus africanus o asno salvaje, sino el Equus hemionus anatoliensis, el verdadero onagro actual o hemión asiático de Anatolia. (13) 
Los onagros o hemiones que hoy tenemos por tales, son los asnos salvajes asiáticos, équidos de color bayo, más claro u oscuro, dependiendo de subespecies, lo que les aleja ya de ser tenidos en consideración como posibles introducciones de tiempos de los fenicios para su identificación con el zebro.
En este sentido, otro de los argumentos recurrentes que se han forjado machaconamente por Internet, y hasta en distintos trabajos de investigadores, es que el zebro, como el onagro, y por vincularlo a éste, era un animal estepario, pero nada más lejos de la realidad, como más tarde veremos.


"Asno" salvaje asiático, Oangro o Hemión (Equus hemionus)

Así que, tenemos ya un primer avance que sí cuadra muy bien con el zebro, y es que tanto el asno salvaje, como un équido “a la manera de” yegua cenizosa, del color del pelo de las ratas, comparten con total seguridad el color; grisáceo o ceniciento. En otro momento seguiremos hablando de éste.
También vimos, además, que el zebro era bien diferenciado de los caballos, asnos y mulos domésticos de la época.

Si nos atenemos estrictamente a lo que sabemos por las fuentes vistas hasta ahora, el aspecto del zebro no pudo quedar muy lejos de esto:


El primer y gran problema sería, pues, cómo reconciliar dos conceptos o descripciones muy divergentes; ¿asnos o yeguas?.
 

La repetición en las fuentes del concepto mulo e “hinnus”/mohíno (mulo, burdégano), concilia en parte a las dos mejores descripciones del zebro, que suenan por otro lado alejadas, la de Brunetto Lattini, que dice que el zebro tiene las orejas muy largas, pero incluye la línea dorsal y establece comparativa“…come mulo” (6), y la que nos dejó la Relación de Chinchilla, que dice "a la manera de yeguas", "que relinchaban como las yeguas",  pero matiza y compara como “…un poco mohínas” (12).
El aspecto de mulo viene avalado o respaldado, además, por el registro del Vidal Mayor de Aragón, cuando se dice “…mulo salvaje, es assaber, cebro maschlo” (5).

Mulos, o burdéganos, a veces nombrados de forma un poco indistinta, son animales híbridos, normalmente estériles o infecundos, fruto del cruce entre asno y yegua, o caballo y asna.

Mulo, híbrido entre asno y yegua.

Dependiendo siempre de casos, suelen caer un poco más del lado de unos u otros, pero en general tienen un tamaño menor que los caballos y mayor que los asnos, y lo mismo les sucede con las orejas. Por regla general no es muy frecuente que sean de color gris, quizás de ahí la insistencia de comparativa con el asno (“…dezimos nos en la nuestra lengua por asno montés o enzebro”) (4), que sí suele presentar este color del pelaje.

Atendiendo a todo ello, podríamos considerar que el zebro tenía las orejas largas, sí, más largas que un caballo de la época, pero probablemente más cortas que un burro, y su complexión, debió de ser algo compacta e intermedia entre caballos y asnos, como la del mulo:



Pero sigamos avanzando.
Otra cuestión para aproximarnos al aspecto, son las crines y la cola. Las crines, en prácticamente todos los caballos domésticos conocidos, hasta en los de la Antigüedad (siempre que no se las recogieran o recortaran), son lacias y más o menos largas (aún se desconoce exactamente el por qué), sin embargo, tanto en el único caballo salvaje que ha llegado a nuestro presente (Przewalski), como en la práctica totalidad de las pinturas del Arte Rupestre, los caballos aparecen con crines enhiestas.
La mayoría de asnos domésticos, y muchos mulos y burdéganos, comparten esta circunstancia de las crines enhiestas, así como todos los asnos y onagros/hemiones salvajes.
Además, el animal que tomará más tarde, como herencia, el nombre del zebro, la cebra africana, de la que luego hablaremos, también presenta en todas sus especies y subespecies el mismo tipo de crin alzada, propia de los équidos salvajes.
Se da la circunstancia de que la crinera enhiesta produce un efecto óptico que disminuye el tamaño de las orejas, de forma que cuanto más alta quede la crin, menos largas parecerán éstas.
Uno de los rasgos que diferencian a los caballos de los asnos, mulos, onagros y cebras, además de las orejas y las crines lacias, es la poblada cola.
Asnos, onagros, cebras y muchos mulos, sólo presentan pelo llegando a la base. En algunos casos la cola, más o menos corta, incluso parece que carece de ellos.
Pero esta característica se observa también en algunos caballos de Przewalski y en pinturas rupestres de équidos prehistóricos, una cola menos poblada, ya sea corta o larga.
Otros rasgos que procuran un aspecto muy asínido o mular, son una "panza" y el morro más claros, al igual que una aureola alrededor del ojo.
Todos estos caracteres, bien pudieron alimentar la confusión entre asnos, mulos y yeguas, cuando trataran de describir o comparar al zebro (animal autóctono salvaje que las gentes conocían por su propio nombre oriundo, sin necesidad de describir o transcribir en textos de ámbito culto):




Pero aún podemos ir más allá. ¿Qué hay de las herederas del “zebro”?.
Desde luego, llevan a gala tal honor, puesto que presentaron también una complicada definición para los antiguos, al igual que el misterioso équido ibérico.
Las cebras africanas fueron conocidas ya en el mundo de la Antigüedad Clásica, denominadas como Hippotigris o Hippos tigroides, es decir, "caballos tigres", que además de llegar hasta los espectáculos circenses de Roma, se decía eran consagrados al Sol en una isla del Mar Rojo. (13)
Sin embargo, la primera cebra africana que llegó a Europa durante la Edad Media fue un regalo del Rey de Egipto a Alfonso X Rey de Castilla, en el S.XIII, y fue descrita como “…asna buiada, con una banda blanca e la otra prieta”, en el mismo tiempo, y con el mismo rey, que dijo también “ …e onager dezimos nos en la nuestra lengua por asno montés o enzebro”.(13)
Aunque las expediciones portuguesas por el Atlántico, comenzaron ya con Enrique "El Navegante" hacia 1419, no fue hasta 1482 cuando la expedición de Diogo Câo entró en contacto con el Reino del Congo, y sólo cinco años más tarde, Bartolomé Díaz dobló y dio nombre al Cabo de Buena Esperanza.
El Antiguo Reino del Congo no se corresponde exactamente con lo que hoy conocemos por la Región del Congo, sino que estaba situado algo más al sur, comprendiendo una zona de esta región y buena parte de Angola.
Y fue allí, y en El Cabo sudafricano, donde los portugueses vieron a unos équidos a los que dieron el nombre de zebras.
Cuenta Sarmiento en su obra del S.XVIII, que Jobo Ludolfo, basándose en autores anteriores, decía que el animal se llamaba zécora en Etiopía, zebra en Congo y “burro do mato” (burro de monte, salvaje, asno montés) en portugués.(1) Pero ésta, era ya una deformación de la realidad, puesto que el nombre ibérico “zebra”, se había instaurado hacía algún tiempo en Congo por los primeros portugueses, independientemente de que, igual que al zebro ibérico, denominaran también al africano como “asno montés”.
Sarmiento nos explica también que Duarte López vivió mucho tiempo en el Congo y contó a diversos autores que había allí un animal fiero, llamado zebra, de corpulencia y tamaño de la mula, pero fecunda, no estéril, con una piel muy hermosa de tres colores, blanca, negra y fulva, muy veloz e indomesticable. (1)
Mr. La Croix, expone Sarmiento, copió a Dapper, diciendo que no había animal más bello y hermoso en la Abyssinia que al que allí llamaban zécora, que tenía las orejas muy largas y por eso los portugueses lo llamaban “burro de mato”, aunque era como un mulo y tenía todo el cuerpo a fajas blancas y negras, tan perfectas que no las podía coordinar mejor un pincel. (1)

Probablemente, tanto las “cebras asnas” que describen La Croix y Dapper, como la que llegó a la Corte de Alfonso X, eran cebras de Grevy, presentes en la Abissinya y Aethiopía, más cercanas a Egipto.
Las cebras que los romanos denominaban “caballos tigres”, pudieron ser también las de Grevy, o quizás pertenecer a la especie de la cebra común (Equus quagga), de orejas más pequeñas y aspecto algo más caballino, que hoy aún se encuentra en el norte de Kenia y que probablemente tuvo una distribución mayor, más septentrional, en tiempos remotos.

 
Eqqus grevy y Equus quagga.

Los équidos que los portugueses denominaron en Congo y Buena Esperanza como “zebras”, serían tanto de la especie de montaña (Equus zebra), como de las distintas subespecies comunes (Equus quagga), (Equus quagga quagga)...

Equus zebra y Equus quagga quagga.

En cualquier caso, lo que volvemos a observar es que las cebras, que recibieron su nombre del zebro ibérico, presentaban la misma indefinición que aquél; ¿caballos, asnas, mulas?...¿zebras?.

El vínculo entre cebras africanas y zebras ibéricas, es sin duda éste. Ambas son un tipo de équido que no encaja, ni acaba de ser caballo, ni es asno, sino más bien es mulo, porque tiene un tamaño algo intermedio, más corpulento, ni rebuzna ni relicha, tiene crines erectas, orejas grandes y largas, más que el caballo, pero menos que el asno, su cola no está muy poblada, son ariscas y veloces, e indómitas.
¿Y qué hay de las rayas?. Hay quien argumenta que las rayas son lo más destacado de una cebra africana, y por tanto, si recibieron este nombre, sería porque el zebro ibérico las presentaba en abundancia.
Y a esto respondo yo que no existe ni un solo texto, ni documento, ni cita, ni mención de ello para el zebro, a pesar de lo que se cree, por mucho que se repita en trabajos y en páginas de Internet.
Cuando la cebra llegó a la corte de Alfonso X, bien que se fijaron en sus rayas, y no por ello automáticamente la denominaron "zebra", sino "asna buiada, con una faja blanca y otra prieta".
Otra cosa es que, tal y como hemos ido haciendo aquí desde la primera reconstrucción del zebro, sigamos suponiendo.
Y sí, podríamos suponer que el zebro ibérico, si es descrito como asno montés y onagro (on ager del norte de África, Equus africanus salvaje), portara como éste la Cruz de san Andrés, que es muy frecuente en équidos salvajes, así como ciertas rayas o cebraduras en las patas, a la altura de las rodillas y el muslo, rasgos que en mayor o menor medida, aparecen con frecuencia en caballos de Przewalski, asnos, mulos, hasta caballos domésticos, e incluso en algunas ocasiones, muy difuminados, en onagros asiáticos.
Así que en parte, y sólo en parte, las rayas o cebraduras de las cebras africanas pudieron también ser vistas como algo “zebruno”, propio del équido salvaje ibérico, y de los asnos domésticos que aquí conocíamos.

El resultado final del aspecto del zebro ibérico, en base a todo lo expuesto, tiene bastante argumentado el poder haber quedado muy cercano a esto:




¿Existe alguna prueba de un équido ibérico similar, presente desde antaño, que haya quedado reflejado por el Arte Rupestre en alguna parte, como con tantos y tantos animales del pasado ocurrió?

La respuesta sería rotunda: Sí.

Équidos representados en Tito Bustillo (Asturias) y Ekain (País Vasco).


¿Y qué sabemos sobre el hábitat del zebro, a partir de lo hasta ahora visto?.

Pues que el zebro ibérico, lejos de ser un asno u onagro estepario, vivía en las montañas y los bosques, donde pastaba en los claros (6), compartiendo espacio con osos, ciervos y jabalíes (7 y 10), animales más propios de montes y bosques, que no de la estepa.
Y también frecuentaba el zebro valles fluviales y humedales, como las zonas lagunares y pantanosas del sureste de Albacete (donde vivió en sus últimos momentos) (12) o las riberas, vegas y sotos de las ramblas y ríos de Murcia y Orihuela, y hasta en el cordón de tierra de la Manga del Mar Menor, junto a venados, corzos y gamos (11).
Veremos más indicios del hábitat en posteriores entradas.
Sabemos, además, que como pieza de caza estuvo entre las más cotizadas por su precio, y también quedaba en buen lugar respecto a la manufactura de objetos con su piel, pero por el contrario, se enfrentaba a los intereses humanos, puesto que afectaba a las cosechas (que en palabras de la época, “destruían”). Una combinación letal de propiedades.

Subida al monte Monte de O'Cebreiro y lagunas del sureste.
No resulta muy extraño pues, que este animal, dado su tamaño, lo preciado de su caza, sus usos, y su “incompatibilidad” con las tierras agrícolas y pastos ganaderos, terminara por desaparecer debido a la presión de la acción humana conforme la Península Ibérica fue alcanzando una estabilidad en la composición o estructura de sus distintos Reinos, hacia tiempos finales de la Reconquista. Estabilidad que facilitó la recolonización de tierras hasta entonces fronterizas, poco habitadas, y marcadas por las constantes guerras y disputas.
Sorprende, no obstante, que durante y hasta finales del siglo XV pareciera bastante común, citado en puntos muy alejados como las Ordenanzas de Sevilla, los tratados del Marqués de Villena, la literatura valenciana, la Manga del Mar Menor, y apenas cincuenta años más tarde, hacia 1540, se nos diga que no se conocía en otra parte de España que no fuera el sureste de Albacete, y que se había extinguido ya.
De cualquier modo, da la impresión de que, aunque el zebro estuviera más o menos repartido, no debió de ser ya especie muy abundante en la Península hacia inicios del S.XIV, cuando el excelente y minucioso trabajo en “El libro de la montería” (7), de Alfonso XI, al contrario que sucede con osos y jabalíes, citados por doquier, sólo nombra a los zebros como comunes en las montañas del sureste, concretamente en Murcia.
Y debió ser algo digno de destacar, puesto que aparte de osos y jabalíes (piezas venatorias por excelencia en la época), el que se detuvieran a relatar con minuciosidad aquellos montes como abundantes en encebras, deja entrever que no debían ser ya tan corrientes.

En próximas entradas iremos profundizando en la identidad de este misterioso zebro atendiendo a otras posibles fuentes, como los documentos antiguos latinos, los de época más reciente, la Lingüística, Arqueozoología, Paleontolgía, Arte Rupestre, Ciencias Ambientales, Toponimia, incluso Genética, todo aquello que suponga, a la postre, un cabo del que tirar para poder desenredar, aun mínimamente, la maraña de tan enrevesado hilo.









Crédito de imágenes:

Fotos 1, 5, 7, 8 y 11: Reconstrucciones de Miguel Llabata a partir de imágenes libres de derechos.
Foto 2: Asno nubio (Miguel Llabata), asno somalí (Imagen libre de derechos de Pixabay). 
Fotos 4, 6 y 9: Imágenes libres de derechos de Pixabay.
Fotos 12 y 13: Imágenes de Miguel Llabata.
Fotos 3 y 10: Imágenes libres de derechos de Wikimedia Commons.   

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