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jueves, 15 de enero de 2015

GLACIARES E INTERGLACIARES Y SUS EFECTOS SOBRE LOS ECOSISTEMAS.




Desde que diera comienzo el Período Cuaternario, hace dos millones y medio de años, se han reconocido seis etapas glaciares y seis interglaciares. Entre las primeras, y atendiendo a su nomenclatura europea tenemos; Biber, Donau, Günz, Mindel, Riss y Würm, mientras que las segundas se agruparían en Biber-Donau, Donau-Günz, Günz-Mindel, Mindel-Riss, Riss-Würm y nuestro actual Holoceno.
La duración  de las fases glaciares e interglaciares responde a factores poco conocidos, aunque generalmente los períodos glaciares suelen ser más prolongados que los interglaciares. Establecer los distintos estadios es siempre bastante subjetivo, pues dentro de ellos podemos encontrar tal variación climática y de biotopos que algunos de los interestadiales de por ejemplo un interglaciar han sido mucho más fríos que otros que se dieron durante una glaciación, y viceversa.
En líneas generales podríamos decir que durante las fases frías o glaciares el descenso de las temperaturas provoca el aumento de los hielos desde los polos y en las grandes cadenas montañosas, posibilitando un descenso de la humedad a escala planetaria que se traduce en una importante bajada del nivel del mar, dejando muchos kilómetros de las hasta entonces tierras sumergidas por encima del nivel de las aguas, por lo que la línea de costa tiende a aumentar, creando incluso puentes terrestres entre continentes o grandes islas.
El mismo descenso de la humedad, y el cambio de las corrientes marinas por el avance de los hielos, favorecen condiciones frías y extremadamente secas que a su vez condicionan el paisaje, que quedará fundamentalmente representado por ecosistemas esteparios, abiertos, donde el elemento arbóreo resulta escaso o testimonial, siempre dependiendo de zonas.
Los bosques y las selvas, los espacios forestales en definitiva, se retrotraen a zonas propicias donde todavía encuentran condiciones para su desarrollo.
Por el contrario, y como es de lógica, en las fases interglaciares cálido-templadas el proceso es el inverso, la subida de las temperaturas disminuye considerablemente la cantidad de hielo sobre el planeta, se produce un aumento de la humedad a escala planetaria, se abren pasillos en los océanos por donde varían las corrientes oceánicas, asciende el nivel de las aguas marinas, muchas zonas terrestres, especialmente costeras, quedan por debajo del nivel de las aguas desapareciendo puentes terrestres que desconectan territorios y favorecen la existencia de islas que hasta entonces eran parte de continentes, o la desaparición de otras menores ya existentes que quedan entonces bajo el mar.
Las condiciones cálidas y húmedas son el ambiente propicio para la proliferación de la vegetación, que tiene en los bosques y selvas a sus máximos exponentes. Además, las mismas condiciones de humedad suelen favorecer también los humedales o áreas palustres.


Como consecuencia de todo ello la evolución de los ecosistemas es siempre cambiante dependiendo de las distintas fases climáticas. La vegetación y la fauna, por tanto, experimentan avances, retrocesos o adaptaciones evolutivas en función a estas dinámicas.


A grandes rasgos, y como muestra la imagen adjunta de mapas, podríamos establecer una serie de áreas o zonas terrestres que actúan como reservas donde queda refugiada la representación de los distintos ecosistemas, en tiempos glaciares e interglaciares. 
Las zonas próximas al Ecuador mantienen a las especies cálido-templadas durante los mayores picos del frío glaciar, cuando buena parte del planeta queda ocupado por los ecosistemas fríos y sus especies representativas, mientras que en un estadio interglaciar las reservas de las especies frías, sus ecosistemas, quedan recluidos en las zonas cercanas a los polos o al amparo de las más destacadas e importantes cadenas montañosas de la Tierra, esperando tiempos propicios.




Ni que decir tiene que existe una amplísima gama de especies que no pueden circunscribirse exclusivamente como frías o cálidas, y que en mayor o menor medida, y siempre dependiendo de fases dentro de las etapas, pueden seguir bien representadas tanto en glaciares como en interglaciares, aunque no es menos cierto que existen otras muy representativas que sí nos van a indicar claramente una fase acentuada de frío o de calor.

Como ya he mencionado, dentro de las secuencias o etapas de una glaciación o un interglaciar la variación climática puede llegar a ser muy notable, favoreciendo interestadiales que dependen del aumento o disminución de la temperatura. Esta circunstancia, a escala de tiempo humano, es prácticamente imperceptible, sin embargo en términos geológicos, donde unos milenios son apenas un suspiro, es bastante más significativo, sobre todo a la hora de entender los avances y retiradas de los ecosistemas y sus especies en determinados territorios.
A continuación, y a grandes rasgos o de manera muy superficial, podemos observar en la imagen adjunta la evolución de las temperaturas en las dos últimas glaciaciones y en sus dos interglaciares.


Si nos fijamos en la gráfica comprobaremos como la Glaciación de Riss tuvo una duración aproximada de sesenta mil años (200/140.000 B.P.). Dentro de ella las temperaturas medias variaron con respecto a las actuales entre -4º y -9º, este último valor correspondería con el máximo glacial o período de punto álgido de frío en aquella etapa.
A esa época glacial le sucedió el interglaciar Riss-Würm, que se prolongó aproximadamente, y siempre en función de distintos territorios del planeta, por unos treinta o cuarenta mil años (140/ 110.000 B.P.). En esta fase cálida-templada las oscilaciones de las temperaturas medias respecto a las de hoy en día llegaron a + 3º, por encima, y hasta casi -6º por debajo, lo que supone cambios muy pronunciados, de 9º, en el cómputo global de la etapa. Su máximo interglacial, o momento cumbre de calor, se produjo hace unos 125.000 años, mientras que hace unos 130.000, y también en 110.000 B.P., las temperaturas medias fueron las mismas que las de nuestro presente.

Desde hace 110.000 las temperaturas experimentan fuertes caídas que anuncian ya la llegada de una nueva glaciación, la última conocida en La Tierra, el Würm.
Dentro del Würm se suceden distintos momentos climáticos de frío más o menos pronunciado, con algún repunte algo más cálido, como el de hace 35.000 años.
El máximo glacial del Würm se produjo hace entre 21 y 18.000 años antes de nuestro presente, con una bajada de las temperaturas medias con respecto a las actuales que rozó los -10º.


A partir del 18.000 antes del presente las temperaturas comenzaron a aumentar de forma gradual, pero sin marcha atrás, excepto en un momento puntual conocido como Dryas Reciente, vinculado a la caída del Cometa Clovis, hace 13.000 años, que supuso un pequeño retroceso hacia el frío, pero que a la postre, implicó una serie de cambios ambientales que aceleraron el tránsito a un nuevo período interglaciar, el actual, conocido como Holoceno.

La definición del Holoceno como una Época distinta al Pleistoceno es, en mi opinión, una secuenciación del todo arbitraria y muy condicionada a nuestra propia relevancia, pues esta fase no deja de ser un interglaciar más, de momento muy corto, como tantos otros se dieron en el mismo Pleistoceno.
La presencia del humano moderno y su definitivo impacto a través de la incidencia en la gran extinción definitiva de la megafauna, así como la invención de la agricultura y la ganadería, con todo su posterior desarrollo hasta llegar al presente, en lo que hoy conocemos estrictamente como Historia, es la única base para estudiar nuestra fase holocénica como un “algo” separado del Pleistoceno.
Esto abre una serie de puntos a tener en cuenta que resultan de enorme importancia a la hora de plantearse algunas cuestiones de actualidad, por ejemplo, el Cambio Climático.
Últimamente se habla mucho de un aumento de las temperaturas de 2º por encima de la media registrada, que podría ser mayor en un futuro no muy lejano. Bien, no lo duden, los cambios de temperatura, en aumento y descenso, son una constante en la historia geológica de La Tierra, tanto que en las mismas gráficas podemos comprobar cómo en los últimos 200.000 mil años han llegado a variar entre +3º y -10º, 13 grados de diferencia en el ámbito conjunto.
Ahora bien, otra cuestión a plantearse es cuánto estamos incidiendo los humanos en ese cambio, aun formando parte de la naturaleza, cuánto estamos acelerando el proceso de cambio, y sobre todo, cuánto nos puede afectar esto teniendo en cuenta nuestro modo de vida actual, totalmente estructurado y condicionado a la geopolítica, países, fronteras, poblaciones, mercados, economías…

Mapa que muestra en violeta las zonas más vulnerables ante una subida del nivel del mar debido al Cambio Climático.

De esta forma, desde un punto de vista simplemente “normal” o natural, de especie, el cambio climático no tendría mayor relevancia que en otras muchísimas fases del pasado. Algunos territorios sufrirán el impacto de forma mucho más negativa (subida del nivel de aguas marinas, desertificación, etc.), dificultando seriamente la supervivencia de un exceso de población en ellos, mientras que otros, por el contrario, podrían incluso verse beneficiados por las nuevas condiciones climáticas, tanto en aumentos significativos de las temperaturas, como en descensos muy acusados.
El problema es que los humanos lo hemos adecuado todo bajo nuestras reglas de juego, que son válidas para nosotros, pero no lo son para la marcha o devenir de la Historia Geológica.

Oso polar, especie muy sensible al Calentamiento Global.
Evidentemente, si queremos seguir manteniendo el estatus actual, tendremos que ser capaces de atenuar nuestro impacto, todas nuestras acciones que están posibilitando o favoreciendo una aceleración de esos cambios en el clima.
Pero dicho esto, también habrá que ir teniendo más presentes otro tipo de estrategias, porque a los humanos “los árboles nos están impidiendo ver el bosque”, o dicho de otra forma, el centrarnos en el muy particular presente, en tiempo de existencia humana de unas pocas generaciones, dificulta mucho el asumir que los cambios, como siempre, han de llegar de nuevo. 




Es posible que de forma natural, con el paso de centurias o pocos milenios, las temperaturas suban, alcanzando un nuevo máximo interglacial, pero todo ello no será sino un camino que tendrá su fin en una nueva etapa glaciar, y entonces sí, las consecuencias serán si cabe mucho más impactantes para nuestra concepción humana del mundo, con cambios de hasta menos diez grados centígrados respecto a las temperaturas medias actuales del planeta…Queramos o no somos parte de la Naturaleza, y no podemos escapar a ella tan fácilmente, pese a nuestro egocentrismo y supremacía como especie.

Otro punto a tener presente desde el estudio y comprensión de las fases glaciares e interglaciares es que a la hora de, por ejemplo, atender a la fauna, su recuperación o restauración a través del rewilding, hay que considerar cuál es el clima actual, y su potencialidad respecto a las especies vegetales o animales que conforman los ecosistemas a recuperar. Por mucho que consiguiéramos clonar al mamut, no tendría ningún sentido tratar de reintroducirlo por ejemplo en España, ya que habitó nuestra tierra hace 15.000 años, en tiempo glacial. No lo tendría porque aquí habría desaparecido de forma "natural" o normal debido a la entrada en una fase interglaciar, no así en sus áreas refugio, donde hasta entonces había aguantado otras glaciaciones anteriores, véase Siberia.


Sin embargo, por poner un ejemplo similar, el elefante de colmillos rectos sí sería un candidato adecuado en esa recuperación, puesto que formaba parte de los ecosistemas interglaciares, y hasta glaciares de España, donde durante cientos de miles de años consiguió sobrevivir acantonado en enclaves propicios, menos castigados por los efectos de la glaciación. Sin embargo, esta circunstancia anteriormente siempre producida, con recuperación de territorio en la llegada de un tiempo cálido favorable, no se produjo en esta ocasión, y no se produjo porque en aquellos momentos de extrema dificultad en la supervivencia para la especie, hace alrededor de 40 ó 30.000 años, entró en escena un nuevo componente que, "casualmente", sería testigo de los últimos pasos del elefante en tierras europeas, después de un millón de años de superar pruebas de cambios climáticos similares...

Pero todo ello lo veremos con mayor profundidad en capítulos posteriores.
 
 

 





Crédito de imágenes:

Foto 1: Public Domain Images.
Foto 2: Public Domain Images.
Foto 3: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.
Foto 4: Miguel Llabata.
Foto 5: Public Domain Images.
Foto 6: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.
Foto 7: Public Domain Images.
Foto 8: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.

2 comentarios:

  1. Se sabe que durante los últimos interglaciares o interestadios el Mediterráneo formó un mas interior en el norte de África, tan es así que el Homo Sapiens consideró ya en nuestro período postglaciar, como la isla de los bienaventurados lo que ahora es África Noroccidental.

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    1. Hola Ricabaucam, bienvenido y muchas gracias por participar en el blog.

      Realmemente mi desconocimiento sobre el Sahara y su historia geológica o natural es casi total, pero lo poco que sé al respecto de la evolución del mismo, no apunta en ese sentido.
      Parece que antes de su formación el espacio que hoy ocupa el desierto era parte del gran Mar de Tethys, que más tarde quedaría ya constituido como Mar Mediterráneo, Mar Negro y Mar Caspio.
      Hace unos 7 millones de años comenzó a cerrarse en el área norteafricana creando lo que hoy conocemos como tierras del Sahara, siendo por tanto muy anterior a cualquier presencia humana.
      Otra cosa son los distintos estadios por los que ha atravesado este espacio, que ciertamente, no han sido desérticos de forma lineal a lo largo de los últimos cientos de miles de años.
      Sin ir más lejos, desde el último período glaciar del Würm, y hasta la actualidad, parece que se han alternado tiempos de mayor y menor humedad o sequedad, posibilitando un mayor despliegue de condiciones para la vida.
      De tal modo que mientras la última glaciación aumentó la sequedad y el frío para las regiones templadas del planeta, en el Sahara se estableció cierta humedad que al menos permitió el ecosistema de sabana, muy similar al del África del Este de nestro presente, aunque el clima fue tornándose más y más seco conforme se avanzaba hacia el máximo glacial o incluso el finiglacial. Por contra, con el paso al Holoceno, hace unos doce mil años, el área quedó bajo la influencia del Monzón, lo que no sólo volvió a posibilitar cierta huemdad que favoreció la aparición de un extenso vergel sabanoide y sus especies correspondientes, sino que además aumentó considerablemente el volumen de las aguas interiores. Algunos lagos (entonces mucho más abundantes) fueron enormes, como el Lago Chad, que prácticamente se podría entender entonces como un mar interior.
      Esta composición pudo alargarse, según algunos estudios, hasta hace unos 7/6.000 años antes del presente, cuando la desertificación alcanzó la parte centro, desde el Oriente, donde habría comenzado hace unos 9.500 años.
      Más aún parece que tardó en alcanzar la zona Occidental del ámbito sahariano, entre unas fechas que, dependiendo zonas, irían del 5.000 al 2.000 antes de nuestro presente, habiéndose trasladado ya por completo la influencia monzónica hacia el sur.

      En cualquier caso, queda tantísimo por saber sobre todo aquello que ocultaron las arenas dle Sahara, que muchísimas sorpresas, desde luego, podrían estar aguardando su momento de resolución para nuestro conocimiento.

      Saludos.

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