En muchas
ocasiones he leído por la Red, e incluso en trabajos más consistentes, y así
mismo lo creía yo hace algún tiempo, que el zebro ibérico había sido animal en
cierto modo domesticable, algo que a día de hoy entiendo como totalmente
infundado, apenas sin mayor mención en las fuentes que dos pasajes caballerescos que
lo único que tratan de recalcar, es, uno la velocidad de un animal, y el otro,
una montura fantástica o legendaria que ni siquiera sabemos a qué especie se
refiere.
Bien al
contrario, lo que nos ha llegado documentado sobre el zebro, es que éste siempre
fue descrito como arisco, indomable, indomesticable, y objeto de caza.
En la siguiente entrada voy a tratar esta cuestión, que no obstante queda abierta, pero para la que, a día de hoy, no encuentro argumento convincente para dar por válida; la de la supuesta domesticación del zebro.
Ya expuse la
única mención posible al respecto, en el cantar de gesta de Roncesvalles,
escrito a mediados del siglo XIII, y que hace referencia a una idealizada
batalla de finales del siglo VIII.
“Ya bolvían los franceses con
coraçón a la lid, tantos matar de los moros que no se puede dezir. Por
Roncesvalles arriba, huyendo va el rey Marsín, caballero en una zebra (a veces encebra), no por mengua de rocín”. (2)
Y argumenté que la gesta se basa en la hipérbole de que el rey Marsín huye
a toda prisa, a tanta, que va en una encebra, y no por mengua de rocín, sino
porque las encebras eran rapidísimas, tanto, que no había caballo que las
alcanzase, y sólo los galgos podían darles alcance, como se menciona en otro
texto de época posterior.
¿Iba montado el Rey Marsín realmente en una encebra, o
iba a lomos de una figura retórica que aumenta o pone énfasis en lo que se
quiere recalcar en la gesta, la prisa a la que huía?...
Pobre
bagaje de domesticación o uso sería en cualquier caso, a lo largo de los
siglos, cuando hasta de las cebras africanas, de sobra conocidas por su
naturaleza indómita y arisca, existen muchos más casos y ejemplos de domas
puntuales, tanto de monta como de tiro.
Esta
hipérbole o exageración tendría nuevamente paralelismo caballeresco y algo
fantasioso cuatro siglos más tarde, en la redacción de El Quijote.
En el Capítulo
XXIX de "El ingenioso hidalgo Don
Quijote de la Mancha", escrito entre 1605 y 1615, puede leerse textualmente:
"(...) Y aún haré cuenta que voy caballero sobre el caballo
Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque
que aún hasta ahora yace encantado en la gran cuesta Zulema que dista poco de
la gran Compluto."
Cervantes se
basó en un sinfín de romances, cantares de gesta y poemas o relatos
caballerescos de todos los tiempos para escribir El Quijote, entre los que, sin ninguna duda, debió encontrarse
también el Cantar de Roncesvalles.
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Don Quijote y Sancho Panza. |
Este párrafo que
vemos, se encuentra escrito en el contexto que cuenta la aparición de un
sacerdote que reconoce a Don Quijote, y cae rendido ante él, agarrándole por la
pierna, sin dejarle bajar del caballo.
El hidalgo le
insiste:
“Déjeme vuestra merced, señor licenciado, que no es razón que yo
esté a caballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced esté a pie”.(22)
Y es entonces
cuando el sacerdote responde:
“Eso no consentiré yo en ningún modo, estése la vuestra grandeza a
caballo…que a mí, aun indigno sacerdote, bastarame subir en las ancas de una
destas mulas destos señores que con vuestra merced caminan, si no lo han por
enojo. Y aún haré cuenta que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la
cebra o alfana en que cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque que aún hasta ahora
yace encantado en la gran cuesta Zulema que dista poco de la gran Compluto”. (22)
Resulta más
que evidente pues, que Cervantes, a través del sacerdote, está incluyendo
pasajes, aspectos mitológicos o caballerescos, referidos a los équidos. Trata así
de elevar la categoría o condición de unas simples y menospreciadas mulas, poco
dignas de caballeros, nada más y nada menos que al mito de Pegaso, cual si
caballos alados fueran, o a la montura exótica de aquel famoso moro Muzaraque,
condenado de por vida a vagar errante y sin descanso a lomos de ésta por el
cerro de Zulema.
Si la “cebra”,
o “alfana” (caballo o yegua corpulenta, fuerte y briosa), en algún momento del
pasado, y en la leyenda de Muza, se refirió al zebro, por sus rasgos de animal
veloz, arisco e incansable, o como menospreciado al respecto de una caballería
noble, y por tanto solo apto para los concebidos como indeseables rivales de la
época, que huyen, como Marsín, o quedan condenados de por vida por encantamiento,
como Muza, es algo que no sabemos con certeza.
Lo que sí sabemos
es que para Cervantes y su personaje del sacerdote, es un équido fantástico,
como Pegaso, que forma parte de un maravilloso imaginario caballeresco.
Así que
incluso es posible que esa montura “cebra” o “alfana”, no fuera sino un añadido
con tintes épicos o mitológicos que inventara el mismo Cervantes.
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Perseo, montando a Pegaso, al rescate de Andrómeda. |
Miguel de
Cervantes Saavedra, máxima figura de la Literatura Española, y uno de los más
reconocidos escritores de todos los tiempos, nació en 1547 en la madrileña
ciudad de Alcalá de Henares.
Los restos más
antiguos de población en Alcalá, se remontan a los hallados en el “Cerro del
Viso”, también llamado “Cerro de Zulema”. Son de La Edad del Hierro, y en ellos
se encontró hacia 1934 un pequeño tesoro de monedas en las que ya aparecía el
nombre de Kombouto, del que se cree,
podría derivar el nombre romano de Compluto.
La Compluto romana se estableció en el
siglo I a la otra parte del río Henares, en el llano, toda vez que ya no era
necesaria en aquellos momentos de “Pax
Romana” la fortificación defensiva sobre un cerro.
Compluto quedó siempre rodeada de un halo de
misterio, leyenda y mitología.
Ya en el siglo
IV de nuestra Era, la persecución del emperador Diocleciano tuvo como
consecuencia el martirio de los niños Justo y Pastor, a las afueras de la
ciudad, lugar que los cristianos comenzaron a venerar desde entonces.
La invasión musulmana
de la Península, en el S.VIII, llevó a la conquista y asentamiento en estas
tierras, pero se permitió a la población autóctona seguir residiendo en torno
al venerado Campo Laudable, mientras
los árabes prefirieron asentarse de nuevo en el Cerro de Zulema, donde antaño vivieron los celtíberos, puesto que
ofrecía una posición defensiva mucho más adecuada, dándole el nombre de al-qal’a Nahar (el castillo o fortaleza
sobre el Henares).
Zulema
provendría de Zuleiman, Salomón, y es que, al igual que sucedió
con posterioridad a la invasión musulmana, donde cualquier descubrimiento de
tesoros o restos antiguos era automáticamente tildado como “de los moros”, por
su antigüedad, en aquellos tiempos del nacimiento y posterior asentamiento y
expansión del Cristianismo, durante los primeros siglos de nuestra Era, se
intentó vincular cualquier resto de cultura antigua peninsular a un pasado
bíblico.
Por
tanto, todo vestigio arqueológico de un pasado remoto, tenía conexión con
Oriente.
Las
leyendas que se recogen para Alcalá de Henares dicen que el Moro Muza, gobernador nombrado por los
Omeyas para controlar el norte de África, descubrió y ocultó el tesoro de La Mesa de Salomón en alguna de las
numerosas cuevas u oquedades del Cerro del Viso, considerado también morada de
brujas, gigantes y gentes encantadas, y por ello se conoce desde antaño como Cerro de Zulema (o Cerro de Salomón).
(21)
Muza
y Tarik (su lugarteniente), fueron a rendir cuentas ante el Califa de Damasco, pero dependiendo de versiones, unos dicen que
le entregó la Mesa de Salomón, y otros que Tarik, sabedor de que Muza la
ocultaba en una cueva, lo delató ante el Califa, quien ordenó ejecutarle.
Parece
ser que la leyenda, como siempre, guarda algo de veracidad.
El
califa de Damasco acusó a Muza de malversación, aunque se le conmutó la pena a
cambio de una considerable suma, pero se le impidió retornar a al-Andalus. Su
muerte se cree que ocurrió hacia 716 o 718, cuando fue asesinado en una
Mezquita de Damasco.
Es
posible, también, que al construir los musulmanes la nueva ciudad sobre el
antiguo asentamiento celtíbero, encontraran por el cerro algunos “tesoros” de
época antigua.
El
caso, es que la leyenda se forjó de forma que el espíritu de Muza habría
quedado condenado por encantamiento a vagar errante por el cerro a perpetuidad,
ya que había osado arrebatar o profanar el tesoro de Salomón.
¿Pero
quién y cuándo incluyó la montura de una “cebra” o “alfana”, y por qué?.
Para
empezar, no sabemos cuándo se forjó exactamente esta leyenda, pero es que,
yendo más allá, ni siquiera sabemos a qué animal se refería exactamente
Cervantes cuando echa mano de la leyenda, para plasmar el nombre de “cebra” o
“alfana”.
Miguel
de Cervantes nació en 1547, y según las Relaciones Topográficas de Felipe II,
de 1576 y 79, las encebras se habían extinguido hacia 1539 en el sureste de
Albacete (“…y podrá
aver quarenta años que avia muchas enzebras
en termino desta villa y se a acabado ansi mismo la dicha caza”.),
único lugar donde se habían conocido según las gentes de la época (“Una especie de salbagina obo en
nuestro tiempo en esta tierra que no la ha havido en toda España, sino aquí,
que fueron enzebras”. )
(10 y 12).
De
hecho, en otro pasaje de El Quijote,
en el capítulo XVIII, encontramos lo siguiente:
“…El otro que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas
como nieve blancas, y el escudo blanco y sin empresa alguna, es caballero
novel, de nación francés, llamado Pierres Papin, señor de las baronías de Utrique.
El otro, que bate las ijadas con los herrados carcaños á aquella pintada y ligera cebra, y trae las
armas de los veros azules, es el poderoso Duque de Nervia…”. (22)
Al
respecto, y en apunte de pie de página, Don Diego Clemencín (S.XIX) escribe: “Ligera
cebra, Hermoso animal africano del tamaño y figura de una mula, rayado de
listas anteadas y negras, y más ligero que el caballo. Una se ve actualmente en
la Casa de Fieras del Real Sitio del Retiro”. (22)
“…Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y
otro escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores,
empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista
locura”. “…a este escuadrón forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí
están …los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia, …los que
sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo, …los etíopes de horadados
labios…”. (22)
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"Pintada y ligera cebra". |
Una
vez más, Cervantes echa mano de la épica, de la fantasía, de los romances
antiguos, mencionando entre otros el mito de la Arabia Feliz, el de Pactolo, los
extraños habitantes de tierras lejanas como la Aethyopia…Y rodeada de ellos, vuelve a aparecer la “poderos alfana”
y la “pintada y ligera cebra”, como animal mitológico, caballeresco, del
imaginario romántico…
Se
diría, pues, que más bien poseía algún conocimiento de la pintada cebra
africana de la Aethyopia, que no del
ya entonces probablemente extinto zebro ibérico.
Recordemos
que había ya testimonios en el ámbito ilustrado acerca de la existencia de las
cebras africanas, como vimos en la entrada anterior.
“Nace del mismo modo en esta tierra otro animal, que llaman
Zebra, común en algunas provincias de Barbaria y del África, el cual, siendo en
todo su aspecto como el de una mula grande, no es mula, porque cría
descendencia, y tiene el pelaje muy singular, de amplias listas de tres dedos
de colores negro, blanco y leonado oscuro (…) tiene la cola como la mula, y
llena de manchas, y las patas y cascos como la mula, aunque su comportamiento
es a semejanza del caballo, sobre todo por su andar y correr, admirablemente
ligero y veloz, tanto que en Portugal y Castilla todavía se dice ‘veloz como
Zebra’ (…), este animal se encuentra en grandes números, salvaje (…)”.
“CEBRA, es vna especie de bestia que
parece al cauallo, aunque es tan cẽceña y enxuta, que tira a la forma de la
cierua; domase, anque con dificultad, y es
velocissima en su corrida, y dura en ella todo vn dia sin parar: criase en
Africa, y asi el nombre es Arabigo, ignoro su etimologia: si no se dixo Cebra,
quase Cerua, con transmutacion de las letras. A la muger que es muy arisca y
braua, dezimos, pues es como vna Cebra”. (3)
Duarte
Lopes, Pigafeta o Covarrubias, habían hablado ya de la cebra africana en 1580,
1590 y 1611, pero es que además, Cervantes habría leído también muchos textos
caballerescos y legendarios de los musulmanes, bien de tiempos de la Invasión,
bien durante su cautiverio de Argel.
Con
anterioridad, el viajero andalusí Abd al-Rahman ben Sulayman al-Mazini, de los
siglos XI y XII, había dejado constancia en su obra “Regalo de los Espíritus” de las cosas maravillosas vistas en sus
viajes, y entre ellas citaba la existencia en el país de Zeng de asnos llamados
al-‘itâbi, rayados de blanco y negro,
que eran una de las maravillas del mundo.
También
el misionero y explorador del África Jordán Catalá describió las maravillas de
sus viajes en el siglo XIV, citando a la cebra africana.
Y
sobre todo, no podemos olvidar el pasaje que los musulmanes atribuyen a Mahoma
en su viaje hasta la Luna.
Según
el Diccionario Universal de Mitología o de la Fábula se nos dice que:
“Al-borak: Animal de una talla media entre el asno y el mulo,
del cual se sirvió Mahoma para montar, cuando se elevó de Jerusalén al cielo”.
Sarmiento
nos dejó escrito mucho al respecto de este Al-borak que pudo servir de
inspiración mitológica a Cervantes (1):
“(…) la voz ‘boruk’, arábiga, de que se compone al-borak,
nombre del animal de Mahoma, significa lo mismo que la voz hebrea zechora (…) y
por lo mismo cree que la voz zechora y alborak son dos nombres de un mismo
animal (…)de paso advierto, que del nombre borak, se derivó el francés bourique”.
(Borrico. Algo que se debe poner muy en duda, pues éste parece derivar más bien
del latín buricus, que significaba
pequeño caballo o pony)
“A la verdad, el alborak, según describen los mahometanos, es
muy semejante a la zebra. (…) jumento blanco mayor que asno y menor que mulo (…)
borak significa resplandeciente y brillante (…) Buxttorfio, en la raíz caldea
correspondiente, dice que significa caballo de un exquisito paso, carrera y
velocidad.”
“Y si no hay impropiedad en la ficción, y el teatro del moro
Muzaraque ha sido el país de Alcalá, se debe suponer la cebra animal propio de España,
como por la misma razón se debe suponer que era animal propio de la Arabia
aquel en el que cabalgó el falso profeta Mahoma, cuando, según la ficción de
los mahometanos, hizo el viaje a la Luna. Aquel animal, cuyo nombre es Alborak,
era, como apuntaré después, una hermosa zebra, como la que atribuyó Cervantes,
para sus aventuras en tierras de Alcalá…”.
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Alborak, jumento resplandeciente y brillante mayor que asno y menor que mula en el que Mahoma viajó a la Luna, desde Jerusalén... |
Es
pues más que probable que Cervantes, imbuido por la épica novelesca y
mitológica arábiga, no se estuviera refiriendo al zebro ibérico, sino que ya
mezclara los conceptos de onagro y cebra al describir esas “poderosa alfana” y “pintada
y ligera cebra”, como animales fabulosos dignos de ser incluidos en su
relato sobre Muzaraque y otros exóticos caballeros imaginarios.
Que
se quiera suponer algo más relacionado con la domesticación para el zebro,
sólo podríamos imaginarlo a partir de otros tres datos concretos:
1º El Corpus
Hippiatricorum Graecorum, compilación bizantina de los siglos IX y X
d.C., basada en textos griegos de los siglos IV y V d.C., que describe a los
caballos ibéricos como pequeños y procedentes de caballos salvajes. (19)
Sin embargo, y a mi juicio, es algo que en sí mismo no
resulta concluyente, puesto que hemos visto que es creencia generalizada desde
época aristotélica, siguiendo la escuela al respecto de entender que todo
animal doméstico debe proceder de un equivalente salvaje.
Recordemos que Varrón suponía que los asnos
domésticos, provenían de los Asini feri o asnos salvajes de Frigia y Licaonia
(Anatolia), que eran hemiones.(16)
Tampoco se precisa, por otro lado, procedencia ni época de domesticación para
una ganadería caballar ibérica que, por supuesto, se remontaba muchísimo más
atrás en el tiempo que los siglos IV y V d.C.
No existe mención alguna a que el zebro, sea
específicamente, en cualquier caso, el animal salvaje del cual descendería el
caballo ibérico.
2º
Los caballos que Gratio Falisco llama “murcibios” en alguna región desconocida
de Hispania, y que según su narración, no sufrían el freno, al contrario que
los “nasamones” en África.
Sarmiento
quiso ver en estos murcibios una derivación de “mulos cibios” o “mulos
cebros”, y por tanto, se imagina y dice que (1):
“La dificultad consiste en si el murcibio era verdadero
caballo, u otro animal parecido a él, que también servía para cabalgar”.
Como
establece relación directa entre la cebra africana y el onagro con el zebro
ibérico, a los que supone un mismo animal, sentencia que:
“Y viendo que la zebra se parece al asno en las orejas, y en
casi todo lo demás, al caballo, y que amansado ese animal puede servir para
cargar y montar en él, como se dijo hablando de los orientales, conjeturo que
la voz zebra está desfigurada en la voz murcibio, suavizada a la latina”.
Autores
posteriores señalan que la grafía de su nombre puede provenir perfectamente de Murcinii, Myrcinni, Marrunii, o propios
de Myrcenii, pueblos de la Macedonia
Septentrional, cuyos caballos eran muy estimados.(3)
Recordemos por ejemplo a Bucéfalo, otro caballo envuelto en el halo mitológico, de caracter tosco y salvaje, que sólo pudo ser reducido y montado por el gran Alejandro Magno, rey de los macedonios.
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Alejandro Magno montando a "Bucéfalo". |
Los
caballos de monta llamados murcibios
en Hispania, por tanto, podrían ser de un tipo apropiado para la carrera, muy
similar o que recordaba a éstos macedonios por su velocidad, como también hubo otros
tipos de caballos domésticos gallegos, asturcones, tieldones y mesetarios o del
Tajo, en las crónicas latinas, bien diferenciados de los Equui feri y los Equorum
silvicolentum, que eran pieza de caza.
3º
El ya citado documento de herencia o dote de “un jumento cebro”, del siglo XVII (24), que parece sugerir que el “asno
salvaje” o encebro, fuera concebido y usado como animal doméstico, y que ya
vimos que no debió ser otra cosa que el apelativo para un burro o bien del
pelaje cebruno, o bien con alguna característica arisca.
Por
lo tanto, y al contrario de lo que sucede por ejemplo con el tarpán oriental,
el caballo salvaje del Este de Europa, no sólo no existe mención alguna
confirmada y fiable para la domesticación o uso del zebro ibérico, sino que en
ningún momento (al contrario de lo que sucede para los tarpanes de Europa Oriental,
y esto es bastante más sospechoso) se menciona nada acerca de un posible cruce
o mestizaje entre caballos salvajes y caballos domésticos, y cabe suponer que
habría importantísimas yeguadas en semilibertad desde tiempos inmemoriales, al
menos desde época celtibérica.
En
todo caso, lo que sí encontramos son testimonios recurrentes contrarios a la
domesticación:
“Dosina autem dictus, quod sit color
eius de asino, idem et cinereus. Sunt autem hii de agresti genere orti, quos
equiferos dicimus, et proinde ad urbanam dignitatem transire non possunt”. (20)
“Y se dice dósina porque tenga color
de asno; y el mismo, ceniciento. Y son estos nacidos de una especie salvaje,
que decimos equiferos, y por tanto no pueden pasar a la categoría doméstica”.
“Varro quoque refert in Hispania nonnullas equas vento concipere. Quas a Zephiro vento, qui flare solet ab occidente, Zebras
Hispani vocant. Quae quidem silvestres campestresque sunt et
indomitae”.
"Varrón
también cuenta que en Hispania, algunas yeguas conciben por el viento. Los
hispanos (españoles) las llaman zebras a partir del viento Zéfiro, que
suele soplar desde Occidente. Éstas son ciertamente silvestres y campestres, e
indomables". (14)
Y en lo referente a los
problemas que podían ocasionar los zebros en relación a los intereses humanos:
“Una especie de
salbagina obo en nuestro tiempo en esta tierra que no la ha havido en toda
España, sino aquí, que fueron enzebras,
que havía muchas y tantas que destruían los panes y sembrados”. (10-12)
Ni una sola mención al problema que pudiera
derivarse del rapto de yeguas por sementales salvajes, o el cruce con salvajes,
y la consiguiente pérdida de valor de los potros, sólo alusión a los daños que, como
otros animales salvajes, objeto de caza, ocasionaban en los sembrados.
En otra entrada posterior volveremos a retomar
algunas de estas cuestiones.
Crédito de imágenes:
Fotos 1, 4 y 5, imágenes libres de derechos de Pixabay.
Fotos 2, 3 y 6, imágenes libres de derechos de Wikimedia Commons.
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