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domingo, 4 de enero de 2015

SOBRE NUESTRA EVOLUCIÓN.




Evolución...¿Cómo definimos actualmente el término “evolución”?;
Académicamente consideramos evolución al proceso transformaciones continuas o cambios sucesivos de las especies que,  a través de distintas generaciones y la selección natural, ha posibilitado las diversas formas de vida que existen sobre el planeta, partiendo de antepasados comunes. Todo ello se basa en la teoría científica de Charles Darwin, y si bien ésta está totalmente aceptada entre la comunidad científica, los mecanismos que explican dicho proceso, quedan todavía totalmente expuestos a revisión y estudio constante, y las hipótesis continúan hoy siendo formuladas por muchos de ellos.
Queda claro pues que Evolución es un proceso de cambio. Lo que sigue abierto es el debate en cuanto a qué, cuáles o cuántos, son los mecanismos que intervienen en dicho proceso.

Bajo el punto de vista de la clasificación biológica, organizada en una serie de categorías, no debe extrañarnos el que seamos considerados como un simio más, esto está plenamente aceptado y no es nada alarmante, aunque a algunos les siga pesando como una losa.
¿Qué nos distinguiría entonces de nuestros parientes? Según esto, el género y la especie, pero ya hemos visto que la definición de especie biológica presenta “flecos” que no acaban de convencer ni se presentan en términos absolutos.


La Antropología, ciencia que estudia al ser humano combinando en una sola disciplina aspectos naturales, sociales y humanos, se centra en los procesos bio-sociales de la existencia de la especie humana, pero fundamentalmente se fijó desde sus inicios en las comparaciones anatómicas entre la diversidad física humana y en los modelos comparativos de la descripción de la diversidad de “pueblos”.
Bajo este método comparativo, subjetivo y partidario, se fue definiendo cada resto óseo, por insignificante que fuera, como perteneciente a una u otra especie, y muchas veces, como ancestro de unos u otros, acoplándolo así al marco de la Teoría de la Evolución.
¿Qué ocurriría, si en igualdad de condiciones, un investigador futuro, pongamos de dentro de un millón de años, encontrara los restos óseos incompletos (o aún completos) de un lobo, un coyote, un chacal, un gran danés, un bull-dog, un pastor alemán, un bull-terrier, un caniche y un chihuahua?...Serían entendidos como especies distintas, algunos incluso como procesos evolutivos que generaron la aparición de una nueva especie, con ancestros definidos. Sin embargo esto sólo sería verdad en una baja proporción.
El tamaño y forma de los cráneos harían del chihuahua, el bull-dog y el bull-terrier, especies claramente distintas, y en ningún caso, desde ese método comparativo, se podría demostrar la viabilidad de cruce fértil entre todos ellos; perros, lobos, coyotes y chacales.
En realidad las diferencias entre éstos no son menores que las encontradas entre Homo ergaster, erectus, antecessor, heidelbergensis, neanderthalensis, idaltus o sapiens…

¡¡Ah bueno!!, dicen algunos, ¡¡entonces lo que nos diferencia claramente es la capacidad intelectual y los estadios culturales!!.

Gran danés, bull dog, terrier, chihuahua, bull terrier, lobo, coyote, chacal.

Capacidad intelectual…¿Cómo medirla para definir especie?
Recientes estudios han demostrado que la inteligencia, la plasticidad cognitiva, no va ligada a un mayor o menor tamaño del cerebro, ni siquiera a su proporción con respecto al cuerpo, sino a de qué manera muchos de los módulos corticales (con diferentes tipos de neuronas) podrían encontrarse disponibles y listos para actuar e interactuar entre sí.
Los elefantes tienen un cerebro mucho mayor y más pesado que el de los humanos, y los titíes, pequeños monos del tamaño de una de nuestras manos, poseen una proporción cerebro-cuerpo que si se diera igual en nosotros, haría que nuestro cerebro fuera casi la mitad de grande que el de un elefante.
Ya comenté que desde esa errónea concepción del tamaño del cerebro incluso se llegó a afirmar que las mujeres, por poseer un cerebro menos pesado que el de los hombres, eran, por su propia naturaleza, menos inteligentes que éstos…(sin comentarios).
Entonces, si el tamaño del cerebro o la capacidad craneal, como vemos, no es indicativa de una mayor o menor inteligencia, ¿por qué se sigue argumentando la diferenciación de especies a partir de ella?
Homo erectus poseía una capacidad variable, entre 800-1.200 c.c., en tanto que nosotros la tenemos entre los 1.300 y 1.500 c.c., pero, sorpréndanse, ¡¡el neandertal llegaba incluso los 1.700 c.c.!!...Por esa regla de tres, debería habernos “barrido del mapa” y no al contrario.
Bueno, pues no queda mucho más, será la consciencia, la capacidad de previsión de acontecimientos futuros, el pensamiento simbólico, o el estado cultural, lo que nos distingue como especie humana moderna ¿no?...
¿Y cómo definir capacidad de previsión futura? ¿Acaso muchos animales no entierran comida para el invierno, o la almacenan en troncos, o construyen nidos donde pernoctar cuando llegue la noche, o se sirven de elementos naturales para sus fines, cual si fueran “herramientas”?
Los castores, por ejemplo, cortan troncos y ramas y crean madrigueras a modo de diques en los ríos, habitáculos, “casas” en definitiva. Qué decir de la abejas o las hormigas y sus complejísimas sociedades entorno a sus estructuras organizativas habitacionales. Los chimpancés escogen ramillas de un determinado tamaño y espesor para introducirlas en los termiteros y conseguir comida, o cascan nueces sirviéndose de piedras en un elaborado proceso que enseñan a sus crías, que lo aprenden.


El pensamiento simbólico, la consciencia… Neandertal enterraba a sus muertos y les hacía ofrendas florales, mantuvo seguramente algún tipo de culto al oso cavernario e incluso se ha encontrado una flauta de hueso vinculada a sus restos.
Estados o estadios culturales…Homo erectus usaba el fuego, fue un viajero capaz de dispersarse por casi todos los rincones del Viejo Mundo, y al igual que el Neandertal, elaboró una compleja industria lítica y construyó refugios elaborados.
Ni los sumerios ni los egipcios usaron teléfonos, tampoco viajaron a la luna, ni practicaron con acierto el trasplante de órganos en operaciones quirúrgicas, sin embargo a estos últimos los consideramos hombres, exactamente iguales a nosotros. Si tenemos en cuenta que de ellos a nosotros han transcurrido unos seis mil años, y de ellos a los primeros ergaster, casi dos millones, entenderemos mejor la diferencia socio-cultural.
¿Y las culturas primitivas de la actualidad, o del siglo XIX?, los indígenas del Amazonas o de Nueva Guinea, ¿difieren del resto en algo, como especie, por su distinto estadio cultural-tecnológico? Evidentemente no.
Una cosa es bien cierta, la cantidad de restos óseos o de tecnología asociada a las supuestas “especies” de la Prehistoria, de que disponemos para estudiar, es pobre y sesgada.
Para hacernos una idea, y tomando uno de los ejemplos mejor constatados, del Hombre de Neandertal tan sólo se han hallado restos pertenecientes a cuatrocientos individuos. Atendiendo a que vivieron durante un período de tiempo aceptado de unos 225.000 años, nos queda claro que la muestra es insignificantemente representativa a la hora de calibrar variedad, población y complejidad. Ni qué decir conforme tratamos a especies anteriores en el tiempo.
¿Qué dice de todo ello el criterio establecido, el aceptado mayoritariamente en la actualidad?
Como principal inconveniente al propio modelo, y aunque no es insalvable, el hecho de que muchas especies, consideradas ancestros de otras, convivieran en el mismo marco espacio-temporal, de ahí que se intente secuenciar al máximo las líneas.
Así pues, el consenso académico científico base para explicar nuestra aparición en el mundo queda más o menos fijado hoy en día de la siguiente forma:




Hace unos sesenta millones de años los primeros primates ancestrales o prosimios modernos aparecieron sobre la Tierra e iniciaron su andadura evolutiva, derivados a su vez desde otras especies animales. Millones de años después el camino de la evolución siguió su curso, separándose en distintas ramas de un árbol, con un mismo tronco originario, que habría dado paso a multitud de procesos paralelos que desembocarían, hace unos dieciocho millones de años, en la línea evolutiva de un ancestro común a gorilas, chimpancés, australopitecos y hombres.
Desde entonces los caminos de estos grandes simios antropoides viajarían juntos, hasta que el ancestro del gorila, hace doce millones de años, y el del chimpancé, hace unos nueve millones, se desmarcaron del trayecto evolutivo que debió protagonizar nuestro primer tatarabuelo, que tuvo una descendencia familiar posterior que a su vez se separó en incontables ramas que fueron configurando la aparición de dos grandes grupos más o menos bien definidos; los australopitecos y los Homo (“hombres”). A partir de aquí el tema se complica porque empieza a tocarnos demasiado de cerca, apareciendo en el registro arqueológico  fósiles de especies de características similares en espacios cronológicos muy extensos.  


Algunas coexistieron compartiendo hábitat, pero si ya resulta complicado descubrir cualquier resto de una de estas especies, imaginen cuánto más será obtener uno que posea justamente las características del tránsito evolutivo, o poder afirmar, con seguridad, que pudo o no haber mantenido una reproducción fértil con otro congénere.
Lo más fácil, sin duda, ha sido secuenciar los descubrimientos atendiendo a una característica concreta como la capacidad craneal, que implique una supuesta evolución de la inteligencia, y ponerles una etiqueta, aun sin tener en cuenta los matices anteriormente vistos. Ya teníamos entonces, desde un puñado de restos incompletos, el esquema evolutivo de muchos eslabones.
Partiendo de estas secuencias, bastante condicionadas por la subjetividad, sólo quedaba imaginar una historia muy bien estructurada y secuenciada, la de la Humanidad.
No es que me parezca un mal punto de partida, pero hacer de ello un axioma incuestionable, sin revisión constante, me produce cierto escalofrío...





Crédito de imágenes:

Foto 1: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.
Foto 2: Miguel Llabata.
Foto 3: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.
Foto 4: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.
Foto 5: Miguel Llabata.
Foto 6: Archivo libre de derechos de Wikimedia Commons.

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